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cap.
darwin: viaje del «beagle»

Una mañana la atmósfera gozaba de extraordinaria transparencia, y los montes lejanos se proyectaban con nítido perfil sobre la pesada mole formada por nubarrones de un azul obscuro. Juzgando por estas apariencias y por lo que en análogas circunstancias sucede en Inglaterra, supuse que el aire estaba saturado de humedad. De hecho vino a resultar todo lo contrario. El higrómetro señaló una diferencia de 29,6 grados entre la temperatura del aire y el punto de saturación. Esta diferencia era casi el doble de lo que había observado en mañanas anteriores. Semejante grado desusado de sequedad atmosférica se presentaba acompañado de constantes relámpagos. ¿No es bien extraño que esa extraordinaria transparencia aérea coincidiera con tal estado del tiempo?

Generalmente la atmósfera es brumosa, lo cual procede de un polvo impalpable en suspensión. Más tarde echamos de ver que ese polvo había averiado ligeramente los instrumentos astronómicos. La mañana antes de anclar en Porto Praya recogí un paquetito de este polvo fino, de color pardo, que parecía haber sido tamizado por la gasa de la veleta del palo mayor. Mr. Lyell me ha dado también cuatro paquetes de polvo caído en un navío a unos cuantos centenares de millas al norte de estas islas. El profesor Ebrenberg [1] halla que el mencionado polvo se compone en gran parte de infusorios con caparazones silíceos y del tejido silíceo de plantas. En cinco paquetítos que le envié ha comprobado la existencia de hasta ¡sesenta y siete formas orgánicas diferentes! Los infusorios, con la excepción de dos especies marinas, son todos habitantes de agua dulce. Conozco nada menos que quince relaciones diferentes que hablan de polvo caído en


  1. Debo aprovechar la ocasión de agradecer la amable solicitud con que este ilustre naturalista ha examinado muchas de mis muestras. En junio de 1845 envié a la Geological Society una relación completa de la caída de este polvo.

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