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cap.
darwin: viaje del «beagle»

disparar por la noche un cohete, que estalló sobre sus chozas o wigwams con gran estruendo; esto fué de un efecto sorprendente, y uno de los oficiales recordó el cómico silencio que a los pocos minutos sucedió al clamoreo de los hombres y ladridos de los perros. A la mañana siguiente no se vió un fueguino en todos los alrededores.

Cuando el Beagle estuvo aquí en el mes de febrero, salí una mañana a las cuatro para subir al monte Tarn, que tiene cerca de 800 metros de altura, y es el más elevado punto en esta región inmediata. Fuimos en bote al pie de la montaña (aunque, por desgracia, no a la parte mejor) y empezamos inmediatamente nuestro ascenso. El bosque llega a la línea que deja el agua en la pleamar, y el avance fué tan penoso durante las dos primeras horas, que perdí toda esperanza de alcanzar la cumbre. Como la espesura cerraba enteramente la vista, a cada momento necesitaba orientarme por la brújula, no pudiendo divisar ningún accidente del terreno por donde guiarme, a pesar de ser tan montañoso el país. En lo profundo de los barrancos reinaban una desolación y un silencio de muerte, que excede a toda descripción; fuera de esas cavidades soplaba un viento huracanado, pero en ellas ni el más leve soplo agitaba las hojas de los árboles más altos. De tal modo prevalecían en esos lugares la humedad, el frío y la falta de luz, que ni siquiera los hongos, musgos y helechos encontraban ambiente en que desarrollarse. En los valles no había modo de avanzar ni a rastras, porque obstruían enteramente el paso los troncos podridos caídos en todas direcciones. Fué menester caminar sobre ellos; cuando pasaba por estos puentes naturales quedaba detenido por hundirme hasta las rodillas en la madera podrida; otras veces, al querer apoyarnos contra un árbol que parecía firme, nos sobresaltábamos al tropezar con una masa inconsistente, pronto a venirse abajo al menor