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estrecho de magallanes

ñeros, al querer penetrar en un brazo de mar, contemplarían cómo las montañas poco elevadas de las inmediaciones enviaban a la costa numerosas y grandes corrientes de hielo, y hallarían obstruído el paso de los botes por los innumerables icebergs flotantes, pequeños unos y grandes otros; y ¡todo esto ocurriría siendo el 22 de junio en Europa, y en los lugares donde ahora se extiende el lago de Ginebra! [1].


  1. En la primera edición y Apéndice he presentado algunos hechos sobre el transporte de cantos erráticos y de icebergs en el Océano Antártico. Este asunto ha sido tratado no ha mucho admirablemente por Mr. Hayes, en el Boston Journal (vol. IV, página 426). El autor no parece estar enterado de un caso publicado por mí (Geograpkical Journal, vol. IX, pág. 528), de un canto gigantesco arrastrado en un iceberg del Océano Antártico a 100 millas de distancia de tierra, y tal vez mucho más. En el Apéndice he discutido extensamente la probabilidad (en aquel entonces difícilmente sospechada) de que los icebergs, al embarrancar, acanalaban y pulían las rocas como glaciares. Hoy es una opinión comúnmente admitida, y sospecho que es aplicable aun a casos como el del Jura. El Dr. Richardson me ha asegurado que los icebergs frente a Norteamérica arrastran ante sí guijarros y arena y dejan enteramente desnudas las planicies rocosas submarinas; apenas cabe dudar de que esos pedruscos deben pulimentarse y tallarse en la dirección general de las corrientes predominantes. Después de escrito el Apéndice he visto en el norte de Gales (London Phil. Mag., vol. XXI, pág. 180) la acción conjunta de glaciares y de icebergs flotantes.


FIN DEL TOMO PRIMERO