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paso de la cordillera

notables depósitos sedimentarios, y el conjunto se parece mucho a algunos de los lechos terciarios de la costa del Pacífico. Fundándome en esta semejanza, esperaba hallar madera silicifícada, que es generalmente característica de estas formaciones, y vi colmados mis deseos de un modo extraordinario. En la parte central de la sierra, y a una altura de casi 2.100 metros aproximadamente, observé en una ladera pelada algunas columnas blanquísimas que se alzaban sobre el suelo. Eran árboles petrificados; 11 de ellos, convertidos en sílice, y de 30 a 40, en un espato blanco calcáreo, de tosca cristalización. Presentaban el aspecto de haber sido rotos bruscamente, y las porciones restantes se alzaban sobre el suelo unos cuantos pies. Los troncos medían de tres a cinco pies de circunferencia. Estaban un poco separados unos de otros, pero el conjunto formaba un grupo. Mr. Roberto Brown ha tenido la amabilidad de examinar la madera, y dice que pertenece a la tribu de los abetos, participando del carácter de la familia de las Araucaria, pero con algunos curiosos puntos de afinidad con el tejo. La arenisca volcánica en que los árboles estaban encastrados, y de cuya parte inferior debieron brotar, se había acumulado en delgadas capas sucesivas alrededor de los troncos, y la piedra conservaba todavía la impresión de la corteza.

Poca experiencia geológica se necesitaba para interpretar la maravillosa historia que de pronto revelaban estos árboles, aunque he de confesar haberme sorprendido tanto el hallazgo, que apenas podía dar crédito a lo que tenía delante de los ojos. Vi el sitio donde el grupo de hermosos árboles balanceó en otro tiempo sus ramas sobre las costas del Atlántico, cuando este océano (retirado ahora 700 millas) llegaba al pie de los Andes. Vi que habían nacido en un suelo volcánico levantado sobre el nivel del mar, y que posteriormente esta tierra seca, con sus erguidos