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archipiélago de los galápagos

8 de octubre.—Llegamos a la isla James; esta isla, como la de Charles, hace largo tiempo que ha sido así llamada, en honor de nuestros reyes de la línea de los Estuardos. Mr. Bynoe y yo, y nuestros sirvientes, permanecimos aquí por una semana, llevando al efecto provisiones y una tienda, mientras el Beagle iba a hacer aguada. Hallamos aquí un grupo de españoles que habían venido de la isla de Santa María con objeto de salar pesca y carne de tortuga. A cosa de seis millas tierra adentro, y a la altura de unos 600 metros, se había construído una choza, en la que vivían dos hombres empleados en coger tortugas, en tanto los demás pescaban en la costa. Hice dos visitas a este cobertizo y dormí en él una noche. De igual modo que en las demás islas, la región inferior está cubierta de arbustos casi desnudos; pero los árboles eran aquí más gruesos que en otras partes, habiendo varios que medían dos pies, y aun casi tres de diámetro. La región superior, a causa de recibir la humedad de las lluvias, sostiene una vegetación verde y lozana. Tan húmedo estaba el suelo, que en él se habían desarrollado grandes lechos de juncias, en los que vivían y procreaban numerosas pollas de agua. Mientras permanecimos en esta región superior no comimos otra cosa que carne de tortuga; el asado con su caparazón, como la carne con cuero de los gauchos, resultaba un bocado sabrosísimo, y las tortugas jóvenes nos servían para hacer una excelente sopa. Sin embargo, debo decir que no me cuento entre los grandes aficionados a este manjar.

Un día acompañé a unos cuantos españoles en su bote ballenero a una salina o lago, donde se proveen de sal. Después de desembarcar tuvimos que hacer una ruda caminata por terreno quebrado, de lava reciente, tendida casi toda alrededor del cráter de toba en cuyo fondo está el lago de sal. El agua sólo tiene tres o cuatro pulgadas de profundidad, y descansa