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cap.
darwin: viaje del «beagle»

vaban un tinte purpúreo. Cuando hubo anochecido hicimos una hoguera bajo unos arbolitos de bambú, freímos nuestro charqui (o carne curada de vaca), tomamos nuestro mate, y quedamos enteramente satisfechos. Hay un encanto inefable en pasar así la vida al aire libre. La noche estaba en calma y en silencio. Sólo alguna que otra vez se oía el penetrante chillido de la vizcacha de la montaña y el apagado grito del chotacabras. Fuera de estos animales, pocas aves, ni aun insectos, frecuentan estas secas y áridas montañas.


17 de agosto.—Por la mañana trepamos a la abrupta masa de roca verde que corona la cima. Esta roca, como suele ocurrir, estaba agrietada y rota en enormes fragmentos angulares. Observé, sin embargo, una circunstancia notable, a saber: que las superficies de fractura eran más o menos recientes, presentando en este particular una gran variedad, pues mientras algunas parecían haberse roto el día antes, otras empezaban a cubrirse de líquenes o los tenían crecidos y viejos. Creí sin vacilar que la causa de ello fueran los frecuentes terremotos; y tanto me impresionó, que me sentí inclinado a escapar de los sitios que tuvieran encima bloques de roca sueltos. Siendo fácil equivocarse en un hecho de esta naturaleza, rectifiqué mi modo de pensar y lo puse en duda.

Más tarde, habiendo ascendido al monte Wellington, en Tasmania, donde no hay terremotos, vi que la cima presentaba la misma composición y desgarres, si bien todos los bloques parecían hallarse en aquella posición desde millares de años atrás.

Pasamos el día en la cima, y no he disfrutado otro mejor aprovechado. Chile, limitado por los Andes y el Pacífico, se veía como en un mapa. El placer de la escena, en sí misma bellísima, se acrecentó con la multitud de reflexiones que me sugirió la mera vista de la Sierra de la Campana, con sus ramales paralelos