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cap.
darwin: viaje del «beagle»

cho indiscutible y tanto más sorprendente, cuanto que en las tripulaciones no aparecieron señales de la terrible enfermedad». Esta afirmación no es tan extraña como parece a primera vista, porque se registraron varios casos de haberse declarado fiebres de una extrema malignidad coincidiendo con la llegada de viajeros en perfecta salud. En el primer período del reinado de jorge III, un prisionero que había sido confinado en un calabozo fué conducido en un coche por cuatro alguaciles y presentado ante el juez, y aunque el delincuente no tenía enfermedad alguna, los cuatro alguaciles murieron de fiebre pútrida maligna; pero el contagio no se propagó. De tales hechos parece inferirse que los efluvios de un conjunto de personas que hayan vivido confinadas por algún tiempo envenenan la sangre de otras no colocadas en tales condiciones, y acaso con mayor virulencia si concurre la diferencia de razas. Por misterioso que pueda parecer tal hecho, tiene, sin duda, relación con el observado


    gada de cada barco. El capitán Beechey lo atribuye al cambio de alimentación durante la visita. El Dr. Macculloch (Western Isles, vol. II, pág. 32) dice: «Se da por cierto en Santa Kilda que el arribo de un extranjero produce en todos los habitantes la enfermedad de catarro.» El citado doctor cree que es una ridiculez, a pesar de haberse dicho así tantas veces. Añade, sin embargo, que «todos los naturales le preguntaron sobre el particular, conviniendo unánimemente en el hecho». En el Viaje de Vancouver, se halla una afirmación semejante respecto de Tahiti. El Dr. Dieffenbach, en una nota a la traducción de este Diario, afirma que el mismo hecho está universalmente admitido por los habitantes de las Islas Chatham y en partes de Nueva Zelandia. No se concibe la universalidad de tal creencia en el hemismerio Norte, en los antípodas y en el Pacífico, sin algún fundamento sólido. Humboldt (Polit. Essay on King of New-Spain, vol. IV) dice que las grandes epidemias de Panamá y el Callao «se señalan» por la llegada de barcos de Chile, porque la gente de esa región templada es la primera en experimentar los fatales efectos de la zona tórrida. Añadiré que, según me contaron en Shropshire, las ovejas importadas en barcos, aunque sanas, producían a menudo enfermedades en los rebaños a que se las incorporaba.