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cap.
darwin: viaje del «beagle»

fectamente límpida. Es igualmente improbable que las fuerzas elevatorias hayan hecho emerger en las vastas áreas antes mencionadas grandes e innumerables bancos de roca, cuyas cimas permanecieron bajo la superficie del agua a una profundidad de 20 ó 30 brazas, o de 120 a 180 pies, sin que ni un solo pico sobresaliera de ese nivel; porque, recorriendo la superficie entera del Globo, ¿dónde hallaremos una sola cadena de montañas, aun de algunos centenares de millas de longitud, que se mantenga unos cuantos pies bajo un nivel dado, sin un solo pico que se eleve sobre dicho límite? Si, pues, los cimientos de donde parten los arrecifes coralinos de los atolls no se han formado por sedimentación ni tampoco han sido levantados por las fuerzas subterráneas hasta el nivel requerido, resta únicamente que hayan descendido hasta el mismo, y estas hipótesis resuelven al punto la dificultad. Porque al paso que se sumergían lentamente en el agua, montaña tras montaña e isla tras isla, íbanse preparando sucesivamente nuevas bases para el desarrollo de los corales. No cabe detenerse aquí a examinar todos los pormenores; pero no vacilo en desafiar [1] a cualquiera a que explique de algún otro modo cómo se concibe que se hallen distribuidas en tan vastas áreas esas numerosas islas, todas ellas bajas y todas construídas por corales, que requieren en absoluto un zócalo basal, dentro de una profundidad limitada a partir de la superficie.

Antes de explicar cómo los arrecifes en forma de atoll adquieren su peculiar estructura, necesito pasar a la segunda división, o sea a los arrecifes-barrera.


  1. Es digno de notarse que Mr. Lyell, aun en la primera edición de sus Principles of Geology, infirió que el área de sumersión en el Pacífico debía haber excedido a la de elevación, a causa de ser la extensión de tierra muy pequeña relativamente a los agentes que propendían a formarla en dicho mar, a saben el desarrollo de los corales y la acción volcánica.