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cap.
darwin: viaje del «beagle»

nicas en las cualidades apuntadas y en dilatarse más a nivel y producir mayores beneficios al hombre? Difícilmente puedo analizar estos sentimientos; pero en parte dimanan del libre campo dado a la imaginación. Las llanuras de Patagonia son sin límite, apenas se las puede franquear, y, por tanto, desconocidas; llevan el sello de haber permanecido como están hoy durante larguísimas edades, y parece que no ha de haber límite en su duración futura. Si nos pusiéramos en el caso de los antiguos, que consideraban la Tierra como una llanura rodeada de una zona infranqueable de aguas o de desiertos caldeados por un calor irresistible, ¿quién no miraría estos límites postreros de las exploraciones humanas con un sentimiento de profunda y vaga curiosidad?

Por último, de paisajes naturales, las vistas contempladas desde elevadas montañas, aunque en cierto sentido no sean bellas, dejan en el ánimo una impresión imborrable. Cuando se mira hacia abajo desde la cresta más alta de la Cordillera, el ánimo, no turbado por menudos detalles, queda absorto con las estupendas dimensiones de las masas vecinas.

Una de las cosas que más sorprende es el espectáculo del salvaje en su natural guarida; del hombre primitivo en el más bajo estado de abandono, ignorancia y barbarie. El espíritu retrocede a las pasadas centurias, y luego se pregunta a sí propio: ¿Es posible que nuestros progenitores hayan sido hombres de esta condición? ¿Hombres cuyos signos y expresiones no son menos inteligibles que los de los animales domésticos? ¿Hombres que no poseen el instinto de esos animales ni parecen ufanarse de tener discurso, o al menos las artes consiguientes al mismo? No creo que haya modo de describir ni pintar la diferencia entre el hombre salvaje y el civilizado. Viene a ser la diferencia entre el animal salvaje y el doméstico; y rte del interés que se halla en contemplar a un sal-