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cap.
darwin: viaje del «beagle»

los para obsequiar a sus probables huéspedes. Poseía alguna instrucción, y, consiguientemente, se quejaba de la falta de sociedad. No estando animado de gran celo por la religión ni teniendo entre manos negocio o proyecto alguno, ¡qué vida tan mal gastada la de este hombre! Al día siguiente, de regreso, encontramos siete indios de aspecto feroz; algunos de ellos eran caciques, y acababan de recibir del gobierno chileno su pequeño estipendio anual por haber permanecido largo tiempo fieles. Eran hombres de varonil continente, y cabalgaban uno tras otro con torvos semblantes. Un cacique viejo, que caminaba a la cabeza, debía de haber bebido más que los demás, porque iba excesivamente grave y ceñudo. Poco después de esto se nos unieron dos indios que se dirigían desde una misión distante a Valdivia, para asuntos de un pleito. Uno era un viejo de buen humor; pero por su rostro arrugado y barbilampiño, más parecía una vieja que un hombre. A menudo los obsequié con puros, y aunque dispuestos siempre a recibirlos, y de buen grado si no me engaño, difícilmente condescendían a darme las gracias. Un indio chilote se hubiera quitado el sombrero y dicho humildemente: «¡Dios se lo pague!» [1]. La caminata era muy pesada, tanto por el mal estado de la ruta como por los muchos árboles caídos que era necesario saltar o evitar dando largos rodeos. Dormimos en el mismo camino, y a la mañana siguiente llegamos a Valdivia, desde donde me trasladé a bordo.

Pocos días después crucé la bahía con un grupo de oficiales, y desembarqué cerca del fuerte llamado Niebla. Los edificios estaban en ruinosísimo estado, y las cureñas enteramente podridas. Mr. Wickham hizo notar al jefe del fuerte que a la primera descarga se harían todas pedazos. El pobre hombre, esforzándose por


  1. En español en el original.