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carlos r. darwin.

sér de apariencia simia, y llegando gradualmente hasta el hombre tal como existe, seria imposible fijar el punto preciso en que deberia empezar á aplicarse el término hombre. Pero esto no tiene gran importancia; más aun; es indiferente designar con el nombre de razas, especies y sub-especies, las diversos categorías de hombres, por más que la última expresion parezca ser la más conveniente. Finalmente, podemos afirmar que desde el momento en que se acepten en general los principios de evolucion (momento que no tardará mucho en llegar), la discusion entre los monogenistas y los poligenistas no tendrá razon de ser.

Hay todavía otra cuestion que no conviene pasar en silencio, y es la de saber si cada sub-especie ó raza humana procede de un solo par de antecesores, como algunas veces se ha dicho. En nuestros animales domésticos, se puede formar fácilmente una raza nueva por medio de una sola pareja que presente algun carácter particular, ó hasta de un individuo único que lo ofrezca, apareando con cuidado su descendencia sujeta á variaciones; pero la gran mayoría de nuestras razas no han sido formadas deliberadamente con una pareja escogida, sino inconscientemente por la conservacion de gran número de individuos que han variado en algun modo por poco que haya sido, de una manera ventajosa. Si en un país dado se prefieren habitualmente los caballos fuertes y pesados, y en otro los ligeros y veloces, podemos estar seguros de que pasados algunos años resultará la formacion de dos sub-razas distintas, sin que para esto se haya elegido ó favorecido la reproduccion de parejas ó individuos particulares de los dos países. Sabemos tambien que los caballos que se han importado á las islas Falkland han llegado á ser más pequeños y débiles des-