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carlos r. darwin.

to de los habitantes de la América tropical, son enteramente distintos de los negros que viven en las opuestas playas del Atlántico, y no por esto dejan de estar sometidos á un clima parecido, ni de seguir casi el mismo género de vida.

Tampoco pueden explicarse, exceptuando en un grado mínimo, las diferencias entre las razas humanas, por los efectos hereditarios que resultan del desarrollo y de la falta de uso de las partes. Los hombres que viven siempre en embarcaciones pueden tener las piernas algo desmedradas; el pecho dilatado los que habitan regiones elevadas; y los que hacen un uso constante de ciertos órganos de los sentidos pueden tener más grandes las cavidades que los contienen, y, por consiguiente, algo modificados los rasgos de su fisonomía. En las naciones civilizadas la reduccion del tamaño de las mandíbulas por hacer ménos uso de ellas, el movimiento habitual de determinados músculos para expresar diversas emociones, y el aumento del cerebro por efecto de una actividad intelectual más profunda, son otros tantos puntos que, en conjunto, han producido un cambio considerable en su apariencia general, comparada con la de los salvajes.

Tambien puede suceder que el aumento de talla corporal, sin ir acompañada de un desarrollo semejante en el volúmen del cerebro, haya hecho adquirir á algunas razas un cráneo prolongado propio del tipo dolicocéfalo.

Finalmente, el principio poco comprendido de correlacion habrá desempeñado á no dudarlo una parte muy activa; como en el caso de un vigoroso desarrollo muscular, acompañado de una pronunciada proyeccion de los arcos de las órbitas. Tal vez la estructura de los cabellos que difiere mucho en las diversas razas, está en alguna relacion con la de la piel; por lo ménos es cierto que la piel