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el orígen del hombre.

progenitoras del perro, hayan expresado sus sentimientos con gritos de varias clases. En el perro doméstico tenemos el ladrido de impaciencia, en la caza; el de cólera cuando aúlla y dá alaridos de desesperacion, si está encerrado; el de gozo cuando sale á paseo, y el grito de súplica con que pide que le abran la puerta ó la ventana.

No obstante, el lenguaje articulado es propio del hombre, por más que, como los otros animales, pueda expresar sus intenciones con gritos inarticulados, acompañados de gestos y ademanes, sobre todo cuando quiere manifestar los sentimientos más simples y más intensos, que tienen pocas relaciones con nuestra inteligencia superior. Nuestras interjecciones de dolor, miedo, sorpresa, ira, juntamente con las gesticulaciones apropiadas al caso, el murmullo de la madre al acariciar á su hijo pequeño, son más expresivos que las palabras. No es simplemente la facultad de articular lo que distingue al hombre de los demás animales, porque todos sabemos que el loro puede hablar; sino su notable disposicion para aplicar á ideas definidas sonidos determinados, disposicion que depende evidentemente del desarrollo de sus facultades mentales.

Los sonidos que emiten las aves ofrecen, por muchos conceptos, la mayor analogía con el lenguaje, porque todos los miembros de una misma especie expresan sus emociones con los mismos gritos instintivos, y todos los séres que cantan ejercen instintivamente esta facultad; pero el canto efectivo, y aun las notas para llamarse unas á otras, las aprenden de sus ascendientes. Estos sonidos, como lo ha probado Daines Barrington, «son tan innatos en las aves, como el lenguaje en el hombre.» Sus primeros ensayos de canto pueden compararse á las imperfectas tentativas que constituyen la media lengua, como suele llamarse, de los niños. Los machos jóvenes conti-