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Y LA HISTORIA PÓSTUMA

tan frágil que cae al soplo, y es lo peor que consigo arrastra la poética decisión en el Mensajero de la Providencia de negarse á todo trance á rasgar el velo del mar tenebroso sin la condición del Virreinato, que era la parte de Dios, la más alta dignidad posible después de la Corona; que asegurando la ejecución del ardiente deseo de su existencia, había de permitirle, por si ó por sus sucesores, capitalizar las sumas necesarias al rescate del Santo Sepulcro ó á su liberación por las armas.

 Para que la cristiandad lograra, en el apogeo del poderío otomano, lo que en su aurora no mereció por la acción de San Luis, rey de Francia, poca cosa fuera el título más encumbrado; no pudiendo acordar á Colón el de vice-Dios, tan ineficaz como el de vice-rey de las Indias, hubiera sido el de Rey de Jerusalén.

 Si por este lado no se comprueba el maquiavelismo de D. Fernando, tampoco resulta acreditado en la formación del semillero de calumniadores, á cuyo frente puso Doña Isabel, y no él, al arcediano de Sevilla. Todos los cronistas españoles convienen en la declaración de haber existido entre D. Juan