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COLÓN

tiguaba el odio latente, aunque disimulado, que sobrevivía al difunto.

 Llegó por entonces á empuñar el cetro Felipe el Hermoso, igualmente ajeno á la gloria de Cristóbal Colón, y por los nuevos favoritos más hostil á D. Diego, viéndose en tal situación, que ofreció á D. Fernando ir á servirle en Ñapóles; mas habiendo regresado éste al ocurrir la muerte repentina de Felipe, renovó D. Diego las pretensiones, pidiéndole autorización para reclamarlas por justicia, visto que de otro modo no adelantaban.

 Tampoco por este lado hubiera vencido la voluntad del monarca, á no modificar sus disposiciones el casamiento del pretendiente con Doña María de Toledo, y la poderosa intervención del Duque de Alba, padre de la novia. Gracias á ella, fué al fin autorizado D. Diego para residir en las Indias, si bien la cautela que siempre guiaba al Rey por sendas estrechas y tortuosas, introdujo restricciones en el poder, concediendo sólo al gobernador el título de Almirante, no el de Virrey; nombrando á la vez ministros bien conocidos por adversarios de los Colones con instrucciones confidenciales que hicieran im-