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CUENTOS

taba. Quizá era un presentimiento lúgubre aquella partida muda y sangrienta del astro del día; quizá renovaba en ella recuerdos de un amor perdido para siempre, ó al alejarse para volver mañana, pedíale en aquella íntima plegaria de la tarde, al rumor difuso y oscilante de la campana vecina, que la próxima aurora lo fuese también para su alma, trayéndole un rayo sonrosado, un perfume, un eco mensajero de ese mundo invisible hacia el cual volaban siempre su pensamiento y sus miradas.

Vino la noche, borráronse los últimos reflejos rojizos del sol, perdiéronse en el espacio las postreras ondas de la campana, y con ellas se desvaneció como una sombra perdida en la noche la imagen de la joven contemplativa. Sentí cual si una piedra hubiese caido sobre una fosa y en seguida, desierta la necrópoli, el pobre muerto se quedase solo.

No pude volver á la realidad de las cosas; aquella escena, vista como en el