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CUENTOS

bestia marchaba de prisa, guiada por ese instinto que mis paisanos llaman "el amor de la querencia", y á la cual llegan siempre los animales, siquiera se hallen extraviados en el lugar más desconocido y desorientado. Mauricio, bien acomodado sobre la silla, sosteniéndose en equilibrio gracias á ese poder milagroso que cuida de los ebrios y de los niños, dormía á ratos, en otros hablaba delirando con las cosas más extrañas, y de vez en cuando, quizá en medio de algún sueño horrible, lanzaba gritos desgarradores como lamentos infernales en medio de las sombras y del silencio, é iban á hacer estremecer las colinas y el valle sobre los ecos sensibles.

La mula apresuraba cada vez la marcha, como si quisiese evitar, llegando pronto, una catástrofe, ó como si temiese caer muerta ella misma en medio del

campo y dejar á su dueño abandonado, perdido para siempre. ¡Ah! pero de súbito divisó á lo lejos algunas luces semejantes á las que anuncian vivienda

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