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Cuentos Clásicos del Norte

ancianas dijo que había oído hablar de un sitio llamado el "Castillo de Bessop" y que podía guiarme hasta allá, pero que aquello no era castillo ni hostería sino una roca muy escarpada.
Ofrecí pagarle bien, y después de alguna vacilación consintió en acompañarme hasta aquel paraje. Lo encontramos con gran dificultad; y luego que la hube despachado, procedí al examen del lugar. El castillo consistía en un amontonamiento irregular de rocas, entre las cuales se destacaba una, tanto por su altura como por su posición aislada y su forma artificial. La escalé hasta la cumbre, sintiéndome luego completamente desorientado acerca de lo que debería emprender a continuación.
— Mientras me hallaba hundido en mis reflexiones cayeron mis ojos sobre un estrecho borde en la pared oriental de la roca, quizá a una yarda más abajo del sitio en que me hallaba colocado en la cima. Este borde se proyectaba cerca de dieciocho pulgadas y no tenía más que un pie de ancho, mientras que un nicho labrado en el peñasco justamente sobre aquella parte saliente le hacía asemejarse rústicamente a uno de aquellos asientos de respaldar concavo que usaban nuestros antecesores. No tuve la menor duda de que aquel era el "asiento del diablo" a que aludía el manuscrito, y de que me apoderaba así de todo el secreto del enigma.
Comprendía que el "buen vidrio" no podía referirse a otra cosa que a un telescopio, porque la palabra vidrio rara vez se emplea por los marinos en otro sentido. De allí deduje inmediatamente