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Cuentos Clásicos del Norte

el camino en los últimos años, llegando a la iglesia por la orilla de la represa del molino. La escuela, abandonada, pronto comenzó a arruinarse, y se decía que estaba habitada por el espectro del infortunado pedagogo; y los mozos de labranza, al volver perezosamente al hogar en alguna tarde serena de verano, imaginan a menudo escuchar su voz a la distancia entonando un melancólico salmo en las apacibles soledades del VALLE ENCANTADO.

POST SCRIPTUM
DE LA PROPIA MANO DE MR. KNÍCKERBOCKER

El cuento que antecede está escrito casi con las mismas palabras que lo oí relatar en una reunión del Ayuntamiento de la antigua ciudad de Manháttoes[1] en que estuvieron presentes muchos de los vecinos más notables e ilustres del lugar. El narrador era un viejecito agradable y cortés, de mísero aspecto con süs vestidos raídos y su rostro tristemente festivo: sujeto que daba a sospechar fuertemente su indigencia por los mismos esfuerzos que hacía para ser entretenido. Cuando terminó su historia, hubo muchas risas y grandes muestras de aprobación, especialmente de parte de dos o tres diputados regidores que habían dormido casi todo el tiempo. Había, sin embargo, entre los oyentes un viejo caballero alto y seco, de cejas prominentes, que paseaba por todas partes su faz grave y casi severa; de vez en cuando cruzaba



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  1. La ciudad de Neuva York, como se le nombra en la History of New York, por Díetrich Kníckerboker (Írving)