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El Experimento del Doctor Héidegger

y que había venido a morir allí. El insecto voló ligeramente a través de la habitación y fue a colocarse en la nevada cabeza del doctor Héidegger.

—¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid Madame Wycherly, —exclamó el doctor. —Tengo que protestar seriamente de este tumulto.—

Aquietáronse y se estremecieron; porque parecía que el Tiempo gris les llamara haciéndoles retroceder de su luminosa juventud, muy lejos, hasta el helado y obscuro valle de los años. Miraron al doctor Héidegger, quien tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo la rosa de medio siglo que había recogido entre los fragmentos del estrellado vaso. A un movimiento de su mano, los cuatro revoltosos asumieron sus asientos a la mayor brevedad, pues su violento ejercicio habíales fatigado en extremo, a pesar de la juventud de que creían disfrutar.

—¡Mi pobre rosa de Silvia!— exclamó el doctor Héidegger, exponiéndola a la luz de las nubes del poniente; —parece que se marchita otra vez.—

Y así era en verdad. Bajo las miradas de la reunión continuó ajándose la flor hasta que apareció tan seca y frágil como cuando el doctor la había arrojado en el vaso. Sacudió el anciano las pocas gotas de rocío que aun pendían de sus pétalos.

—La amo tanto ahora como en su húmeda frescura, —observó el doctor, oprimiendo la marchita rosa contra sus labios ajados. Mientras hablaba, la mariposa voló otra vez de su nevada cabeza y cayó sobre el pavimento.

Los invitados se estremecieron de nuevo. Una frialdad extraña, que no sabían si atribuir al cuerpo