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Cuentos Clásicos del Norte

mención como verdadero patriota y recto gobernador cuando vuestros hechos sean consignados en la historia.

—No soy insensible, mi buen señor, al deseo natural de ocupar un alto puesto en los anales de mi país, —replicó Hútchinson, dominando su impaciencia hasta convertirla en cortesía; —ni conozco método mejor para alcanzar este fin que contrarrestar el pasajero espíritu de malevolencia que, con perdón vuestro, parece haber atacado a hombres aun más ancianos que yo. ¿Me acónsejariais que aguarde hasta que la multitud asalte la casa provincial, como lo hicieron con mi casa particular? ¡Creedme, señor, puede llegar el tiempo en que os sintáis felices de buscar refugio bajo la bandera real, que tanto disgusto os causa ahora ver izar!

—Sí;— agregó el mayor inglés que aguardaba con impaciencia las órdenes del teniente gobernador. —Los demagogos de esta provincia han evocado al diablo y no pueden ahora deshacerse de él. Nosotros los exorcizaremos en el nombre de Dios y en el del rey.

—Si mezcláis al diablo en el asunto, ¡cuidado con sus garras! —replicó el capitán de Castle Wílliam, molesto por la burla que se hacía de sus compatriotas.

—Con perdón vuestro, mi joven señor, —dijo el venerable consejero, —no permitáis que un espíritu pernicioso inspire vuestras palabras. Lucharemos contra el opresor con ayunos y oraciones, como hubieran hecho nuestros antecesores. Pero tam-