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Cuentos Clásicos del Norte

—Lo mismo que vuestros ojos, hermosa dama, — dijo el eztranjero, haciendo una reverencia y agitando su pipa; pues pasaba justamente en aquel instante. —¡Por mi honor, casi me han deslumbrado!

—¿Se ha oído alguna vez cumplimiento mas exquisito y original? —murmuró la dama, en éxtasis de delectación.

En medio de la admiración general que excitaba el extranjero, sólo se escucharon dos voces discordantes. Una de ellas fué la de un impertinente can que después de olfatear los talones del resplandeciente personaje, metió la cola entre las piernas y se lanzó al corral de su amo, vociferando un execrable aullido. El otro ser en desacuerdo con la opinión pública fue un chico que lanzó un chillido con toda la fuerza de sus pulmones, balbuceando no sé qué ininteligible tontería acerca de calabazas.

Entretanto Feathertop seguía su camino por la calle. Con excepción de las pocas palabras corteses que dirigió a la dama y una que otra ligera inclinación de cabeza correspondiendo profundas reverencias de los espectadores, parecía completamente absorbido en su pipa. No era necesaria mayor prueba de su alcurnia e importancia que la perfecta ecuanimidad con que se manejaba mientras la admiración de la ciudad crecía hasta convertirse casi en clamor en torno suyo. Con una multitud congregada tras de sus huellas, llegó el extranjero finalmente a la casa del digno juez Gookin, atravesó la reja, subió los peldaños de la escalera central y llamó a la puerta. Pudo notarse