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Cuentos Clásicos del Norte

Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina hacía el crepúsculo de este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía justamente las cenizas de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a lo largo de la carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino que parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.

"¡Ah!" pensó la vieja bruja, "¿qué pasos son estos? ¿Qué esqueleto ha salido fuera de tu tumba?"

Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún sobre su pecho; los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había perdido aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como sucede en todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por completo de nosotros, la triste realidad, se discernía bajo el hábil artificio.

—¿Qué cosa salió mal? — preguntó la bruja.

—¿Olfateó el hipócrita juez más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame! Enviaré veinte demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de rodillas!

—No, madre, —dijo Feathertop desesperadamente;— no es eso.

—¿La chica desdeñó a mi precioso? — preguntó Mamá Rigby lanzando rayos feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de Tóphet. —¡Cubriré