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Cuentos Clásicos del Norte

y raices que habían sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente, quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva. El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría, ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando las últimas palabras de Malvin.

La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.

—Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos por tu abandono —aquí palpitó dolorosamente el