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Cuentos Clásicos del Norte

había partido a cazar en la dirección hacia donde resonó el tiro.

Aguardó un espacio razonable de tiempo creyendo escuchar sobre las crujientes hojas el paso ligero de su hijo que volvía a referir sus proezas. Pero el joven no apareció inmediatamente; y entonces ella lanzó su alegre voz a encontrarle entre los árboles.

—¡Cyrus! ¡Cyrus!—

Aun se retardaba su aparición; y Dorcas decidió ir personalmente a su encuentro, ya que el disparo había sido muy cerca al parecer. Quizá si su ayuda era también necesaria para traer al campamento el venado que se lisonjeaba haber derribado su hijo. Se adelantó, de consiguiente, enderezando sus pasos en la dirección del ya lejano disparo, y cantando mientras avanzaba para que el mancebo pudiera advertir su llegada y correr a su encuentro. Tras cada tronco de árbol y cada sitio que podía servir de escondite creía descubrir el semblante de su hijo riendo con la malicia jovial que nace de la afección. El sol estaba ya muy bajo en el horizonte y la luz que atravesaba los árboles era suficientemente indecisa para crear muchas ilusiones en su bien preparada fantasía. Varías veces creyó vagamente ver su rostro mirándola entre las hojas; y una vez imaginó que la hacía señas desde la base de una escarpada roca. Mirando este objeto con más atención, encontró que no era más que el tronco de un roble cubierto hasta el suelo de pequeñas ramas, una de las cuales, más saliente que las otras, movíase a impulsos