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Cuentos Clásicos del Norte

constante a los Estados Unidos, en un frenesí de rabia gritó:

"¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír hablar jamás de los Estados Unidos!"

Supongo que Nolan no imaginó hasta qué punto iban a herir sus palabras al viejo coronel Morgan que presidía la corte marcial. La mitad, por lo menos, de los oficiales presentes había servido bajo la revolución, arriesgando la vida, por no decir el cuello, en obsequio a los ideales que él zahería tan desdeñosamente en su locura. Phílip Nolan, por su parte, había crecido en el oeste[1] de aquellos días, en medio de la "conspiración española," y la "conspiración de Órleans," y todo lo demás. Habíase educado en una colonia cuya mejor sociedad estaba formada por uno que otro oficial español o algún mercader francés de Órleans. Su educación, tal como era en la actualidad, se había perfeccionado en sus expediciones industriales a Veracruz, y creo que me dijo alguna vez que su padre tomó a un inglés como ayo suyo durante un invierno en la colonia. Había pasado la mitad de su juventud con un hermano mayor persiguiendo caballos salvajes en Tejas; en una palabra, los "Estados Unidos" apenas pasaban de una idea vaga para él. Sin embargo, había vivido a costa de los "Estados Unidos," todo el tiempo que estaba en el ejército. Había jurado, por su fe de cristiano, ser leal a los "Estados

Unidos." Los "Estados Unidos" le habían dado
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  1. En la América del Norte existe una supuesta linea divisoria de los estados según su posición geográfica, y se alude frecuentemente al oeste, este, norte o sur para indicar los estados comprendidos en aquella zona.—La Redacción