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Cuentos Clásicos del Norte

a comer en nuestra mesa una vez por semana; y se nos recomendaba que aquel día no habláramos una sola palabra acerca de la patria. Pero si nos hubieran dicho que no debíamos hablar del planeta Marte o del Deuteronomio, tampoco habría preguntado la causa; tan desprovistas de razón como ésta había muchas otras cosas, a mi entender. Llegué a comprender algo por primera vez acerca del hombre sin patria en cierta ocasión en que dimos caza a una sórdida goleta que llevaba esclavos a bordo. Enviaron un oficial al abordaje, y pasados algunos minutos, regresó el bote pidiendo que se enviara a alguien que hablara portugués. Mirábamos todos desde la barandilla cuando llegó el mensaje, y cada uno deseaba poder adivinarlo, cuando preguntó el capitán si alguno de nosotros sabía hablar portugués. Pero ninguno de los oficiales conocía este idioma; y en momentos en que el capitán trataba de averiguar si alguien de la tripulación era capaz de hacerlo, se adelantó Nolan y dijo que, si el capitán lo deseaba, podía servir de intérprete puesto que conocía el portugués. El capitán le dió las gracias, hizo preparar otro bote para él, y allí tuve la suerte de acompañarle. Cuando abordamos la goleta, se presentó a nuestra vista una escena que rara vez es posible contemplar y que, por otra parte, nunca se experimentaría tampoco el deseo de hacerlo. La suciedad y la confusión más espantosas reinaban sobre cubierta. No había muchos negros; mas con el objeto de que comprendieran que se hallaban libres, habíales hecho quitar Vaughan los grillos y esposas que