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Cuentos Clásicos del Norte

vos mismo cuando laboréis para ella. Pensad en vuestro hogar, joven; escribid, enviad mensajes, hablad de los vuestros. Conservad vuestro hogar más cerca de vuestro corazón mientras más lejos os encontréis; y apresuraos a volver en cuanto estéis libre, como lo hacen ahora estos infelices esclavos. Y con respecto a vuestra patria, joven, —y las palabras se ahogaban en su garganta, —y por esta bandera, —y señalaba a la del barco, —nunca tengáis otro anhelo que servirla como ella lo exige, aunque el servicio os procure mil infiernos. Cualquiera cosa que os suceda, quienquiera que os lisonjee o que os seduzca, nunca miréis otra bandera, nunca paséis una noche sin rogar a Dios que bendiga este emblema. ¡Recordad, joven, que detrás de todos aquellos hombres con quienes tratáis, detrás de los oficiales y del gobierno, y aun del pueblo, existe la Patria misma, vuestra patria, y que le pertenecéis como pertenecéis a vuestra madre! ¡Defendedla siempre, joven, como defenderíais a vuestra madre, si estos demonios se hubieran hoy apoderado de ella!—

Yo estaba mortalmente aterrorizado por su calma cargada de pasión; mas, casi sin darme cuenta, protesté por lo más sagrado que así lo haría y que jamás había pensado en hacer lo contrario. Apenas parecía oírme; pero así era, sin embargo, porque casi en un murmullo profirió: —¡Oh! ¡si alguien me hubiera hablado así cuando tenía vuestra edad!—

Creo que esta confidencia a medias, de la cual jamás abusé, siendo ésta la primera vez que hago