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Cuentos Clásicos del Norte

por el flanco de una hilera de colinas que dominaban algunos de los paisajes más bellos del majestuoso Hudson. Gradualmente descendía el sol hundiendo su ancho disco hacia el oeste. El dilatado seno del Tappan Zee yacía inmóvil y vidrioso, y apenas una ligera ondulación acá y allá delineaba y engrandecía la sombra azulada de las montañas lejanas. El horizonte lucía bellos tonos dorados que paulatinamente se tornaban en nítido verde manzana y luego en el azul profundo del cénit. Rayos oblicuos, prolongándose sobre las crestas arboladas de las montañas que dominan algunos puntos de la ribera, prestaban mayor intensidad al gris obscuro y purpúreo de sus rocosos flancos. Una barca mecíase indolentemente a la distancia, derivando con suavidad a impulsos de la corriente mientras su vela flotaba ociosa contra el mástil; y, como la refracción del cielo se reflejaba sobre el agua quieta, la embarcación parecía suspendida en el espacio.

Hacia la noche llegó Íchabod al castillo de Herr Van Tássel, encontrándolo atestado de lo más alto y florido de la comarca adyacente. Viejos granjeros con el rostro enjuto y curtido de su raza, vistiendo calzas y chaquetas de tela basta, medias azules, enormes zapatones y magníficas hebillas de metal. Mujercitas vivarachas y ajadas, con sus gorros plegados y ceñidos, sus faldas cortas y corpiños de talle largo, enaguas de tela basta, y las tijeras y acericos y bolsillos de zaraza colgando al exterior. Alegres doncellas, vestidas de moda casi tan anticuada como las mamás, salvo uno que otro