Página:Cuentos de hadas.djvu/44

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gusto y la abundancia: los ministros eran sabios y prudentes, los cortesanos virtuosos y leales, los criados fieles y trabajadores. Las caballerizas eran grandes, espaciosas y pobladas de caballos briosos, de buena estampa, todos cubiertos de riquísimos caparazones. Pero lo que más estupefactos dejaba los extranjeros que iban visitar aquellas hermosas caballerizas, era el ver que en el lugar preferente ostentaba sus respetables y larguísimas orejas un señor asno. Y no era capricho del rey, sino estricta justicia, el haberle destinado un lugar principal y distinguido; que bien merecia semejante honra la portentosa virtud de aquel real cuadrúpedo. La naturaleza le habia tan generosamente dotado, que la paja en que reclinaba sus borricales miembros, limpia de cosas que se callan, aparecia todas las mañanas profusamente cubierta de onzas de oro y monedas de toda especie, que muy cuidadosamente se recogian al momento de abrir los ojos su señoría. ç

Pero como las vicisitudes de la suerte lo mismo alcanzan á los reyes que á los vasallos, y en este mundo cansado ni hay bien cumplido ni real acabado, por querer del cielo fué repentinamente atacada la reina de una enfermedad aguda, para la cual, no obstante la sabiduría y experiencia de los médicos, no valieron emplastos ni recetas. El sentimiento fué general. El rey enamorado y sensible, a pesar del conocido proverbio de que el matrimonio es la sepultura del amor, no podia hallar calma ni consuelo. Mandó hacer plegarias en todos los templos, y ofrecia su vida por la de su querida esposa; pero en balde invocó á los dioses y á las hadas.