Página:Descripción de Patagonia y de las partes adyacentes de la América meridional.djvu/10

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 IV

tra el país que le acoge, nunca debe conspirar contra él, ni proporcionar armas á los que aspiran á invadirlo ó usurparlo: y tal fué el objeto que se propuso Falkner al emprender la descripcion de Patagonia.


"Si alguna nacion intentara poblar este país, dice en un capítulo de su obra, podria ocasionar un perpetuo sobresalto á los españoles, por razon de que desde aquí se enviarian navios á la mar del sud, para destruir en él todos sus puertos, antes que tal cosa ó intencion se supiera en España, ni aun en Buenos Aires. Fuera de que se podria descubrir un camino mas corto para navegar este rio con barcos hasta Valdivia : podrianse reunir tambien tropas de indios moradores de sus orillas, y los mas valientes de estas tribus, que se alistarian con la esperanza del pillage ; de manera que seria muy fácil el rendir la guarnicion importante de Valdivia, y allanar el paso á la ocupacion de Valparaíso, por las que se aseguraria la conquista del reino de Chile." — El cargo que hacemos á Falkner es tan grave, que nos hemos creido con la obligación de justificarlo.


Prescindiendo de las miras que tuvo en reunir estos apuntes, no se le puede disputar el mérito de haber sido el primero y el mas exacto historiador de la region magallánica. En los antiguos tratados de geografia, y en la descripcion general del mundo, esta parte del globo era representada como un vasto desierto entre el Océano y las últimas ramificaciones de la Cordillera de los Andes. D'Anville, acostumbrado á construir sus mapas con los materiales que encontraba en los libros, siguió el mismo método en la carta que publicó de la América meridional, la que sin embargo fué por mucho tiempo mirada como la descripcion mas exacta de estos países. Pero tan impuras eran las fuentes en que bebió aquel geógrafo, que se necesita todo el respeto que inspira una gran celebridad para disimular sus errores.


Cuando apareció este mapa, la Corte de España empezaba á despertarse de su letargo, y á mirar con menos indiferencia sus posesiones ultramarinas. Ea cuestion promovida por la Academia de las ciencias de París, sobre la figura de la tierra, habia creado una noble rivalidad entre las Cortes de Madrid y de Versailles, empeñadas