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ciencia cierta si es de día o de noche; el silencio es tan profundo que parece oírse el ruido de sus pisaditas. Los sonidos de la campana, al rodar sobre las calles, parecen barrerlas, como gigantescas escobas invisibles. Pronto, hasta los gatos desaparecen, y el silencio es completo.

Luego, en todas las calles, en el mismo instante, se presentan pequeños grupos de hombres armados. Hablan en alta voz, pisan firme y, aunque su número es escaso, hacen tanto ruido como si la ciudad estuviese llena de gente y de coches.

Van entrando en todas las casas, para salir poco después, llevando con ellos uno o dos hombres pálidos de terror o rojos de cólera, que marchan con aire insolente, metidas las manos en los bolsillos; pues en estos días extraños nadie le tiene miedo a la muerte, ni aun los traidores. Es tos hombres desaparecen luego en la obscuridad de las prisiones.

Los hijos fieles del pueblo han encontrado y detenido hasta diez mil traidores y los han encarcelado. El espectáculo de las prisiones es agradable al par que horrible: la traición las llena de arriba abajo y amenaza hundirlas con su peso.

Por la noche, la ciudad todo es júbilo. Las casas se vacian de nuevo; de nuevo las calles y las plazas se llenan. La inmensa muchedumbre negra se mezcla en una danza fantástica, en un caos de gestos y de movimientos. Se danza de un extremo a otro de la ciudad. En torno de algunos faroles, como las olas en torno de una roca, agítanse ma-