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a veces cosas malévolas y era la bestia negra del director, dijo un día:

—¿Conque hacen ustedes denuncias? ¡Qué bonito! ¡Estos son los futuros ciudadanos rusos!

Se dirigía a toda la clase; pero Chariguin se imaginó que se refería sólo a él.

Bochkin le puso mala nota, y no le acompañó en las bromas que gastaba siempre con este motivo. Era una señal de desprecio.

Chariguin le llamó canalla mentalmente, y sintió ganas de llorar.

Fuera del colegio tampoco tenía por qué hallarse muy satisfecho. Había dejado de acudir a las entrevistas con Chura, de quien recibió una cartita, con dos faltas de ortografía, preguntándole qué le pasaba.

—¿Qué ha sido de ti, querido?—decíale.

"¡Querido, querido.!... ¡Qué encanto!—pensó Chariguin con una ironía venenosa, y, tendiéndose en un canapé, lloró un poco, lo cual le tranquilizó.

Le extrañó que un hombre tan inteligente como él no hubiera sabido hasta entonces lo grato que es a veces llorar un poco.

Era sábado. El día siguiente lo pasó, contra su costumbre, en su casa, entregado a actos que le hubieran desacreditado ante sus compañeros y ante todas las gentes serias; se divirtió con su hermanita, zarandeándola sobre sus rodillas y haciéndola cabalgar en sus hombros; para distraer-