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DE DIÓGENES LAERCIO.


 26. Hubiera sido llevado al Areópago de no haberlo librado Demetrio Falereo[1]. Y aun Anficrates dice en el libro De los hombres ilustres que fue condenado a beber la cicuta. Mientras estuvo con Tolomeo, hijo de Lago, éste lo envió como embajador a Lisímaco, y como le hablase con mucha libertad, le dijo Lisímaco: «Dime, Teodoro, ¿tú no estás desterrado de Atenas?» A que respondió: «Es cierto; pues no pudiendo los atenienses sufrirme, como Semele a Baco, me echaron de la ciudad». Diciéndole además Lisímaco: «Guárdate de volver a mí otra vez», respondió: «No volveré más, a no ser que Tolomeo me envíe». Hallábase presente Mitro, tesorero[2] de Lisímaco; y diciéndole: «¿Parece que tú ni conoces a los dioses ni a los reyes?», respondió: «¿Cómo puedo no conocer a los dioses cuando te tengo a ti por su enemigo?»

 27. Dicen que hallándose una vez en Corinto y siendo acompañado de una multitud de discípulos, como Metrocles Cínico estuviese levantando unas hierbas silvestres[3], y le dijese: «Oh tú, sofista, no necesitarías de tantos discípulos si lavases hierbas», respondió: «Y si tú supieras tratar con los hombres, cierto no necesitarías esas hierbas». Semejante a

  1. El Areópago fue un tribunal de justicia de los atenienses, cuyos jueces se llamaban areopagitas.
  2. διοιχητοϋ.
  3. σχάνδιχαςπλύονϊα, scandices larantem. Ignoro a qué hierba o raíz corresponde la scandix. Véase Plin., 21, 15; y 22, cap. XXII y XXIV.