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LIBRO IV.

cuando envejecemos tenemos el valor en la prudencia. Que tanto se aventaja la prudencia a las demás virtudes, cuanto la vista a los demás sentidos. Que no conviene ultrajar a la vejez, a la cual todos deseamos llegar». A un envidioso que estaba melancólico, le dijo: «No sé si te habrá venido a ti algún mal, o a otro algún bien». Decía que «la impiedad era muy mal cohabitante de la confianza»; pues

doma al varón por más audaz que sea.

«Que se deben conservar los amigos, de cualquier condición que sean, a fin de que no parezca los habemos tenido malos, o no los elegimos buenos».

 5. Bión despreciaba al principio los dogmas de los académicos en tiempo que era discípulo de Crates; después[1] abrazó el instituto cínico, tomando el palio viejo y el zurrón. ¿Y qué otra cosa lo condujo a aquella ecuanimidad? Después pasó a oír a Teodoro el Ateo que sofisteaba con toda suerte de argumentos; y después de éste oyó a Taofrasto Peripatético. Era aficionado al teatro, y muy difuso en la risa, usando en las cosas de palabras pesadas. Por haber entretejido su estilo con variedad, refieren que dijo de él Erastótenes que «había sido el primero en vestir de flores la filosofía». Era muy diestro en las trovas; y son suyas éstas:

Oh delicado Arquitas[2]
feliz en las delicias y en el fasto,
  1. άνείλετο.
  2. Son dos versos de Homero trovados; el tercero, lib. 3, Ilíada, v. 181; y el segundo, lib. I, v. 146.