Página:Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1911).djvu/27

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tada, creyendo que la palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisión más formidable aún; pero volvió á la serenidad, al ver que don Lucas se levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo, me decía:

—Pues no te la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha, pero mucha dignidad, hijo mío. ¡Este niño irá lejos, hay que imitarle!—agregó, señalándome con ademán ponderativo á la admiración de mis estupefactos camaradas.—¡La dignidad es lo primero!... Mauricio Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de monitor, y Pedro Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho... ¡Y silencio!

La clase estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los momentos difíciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se produzca ni siquiera un conato de rebelión; aquel «¡silencio!» era, en suma, una declaración de estado de sitio, que yo me encargaría de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el papel de ejército y policía al mismo tiempo.

Sólo Vázquez se atrevió á intentar una protesta, balbuciendo entre indignado y lloroso un:

—¡Pero, señor!...

—¡Silencio he dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.

Acostumbrado á obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me hacía subir los colores á la cara, la sonrisa á los labios, el fuego á los ojos.