Página:Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1911).djvu/34

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en misa. Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.

En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás. No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima. Hubo—análogo á la batalla del Piojito,—un gran combate, al caer la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.

Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...