Página:Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1911).djvu/38

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vible de monitor, pero esto no era un mal, porque, sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien poca cosa más—quizá la ortografía, que he ido aprendiendo luego, en el camino.—Pedro Vázquez no faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis correrías á la hora de clase.

—¡Sos un sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!

—Papá dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra á la disciplina y el trabajo, y como me va á mandar á estudiar en la ciudad...—me contestaba Pedro, gravemente, muy cómico con su gran «chapona» crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas alas.

—¡Se necesita ser pavo!—reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo á mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta de la humanidad.

Entretanto mi educación se completaba en otros sentidos: iniciábame rápidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero que luego me han servido por igual: la fantástica, que me ofrecían los libros de imaginación, y la real, que aprendía en plena comedia humana. Esta última forma me parecía trivial y circunscrita, pero consideraba que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea, y que su campo de acción estrecho, embrionario, se ensancharía y agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aun no sentía el deseo de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y el mismo proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia; bastábame imaginarla y soñar con ella, porque estaba entonces harto absorbido por las perso-