Página:Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1911).djvu/56

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doce leguas era el maximum que había alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en mi petulancia juvenil.

Nuestra única diversión era mirar el campo, que parecía ensancharse inacabablemente delante de la galera, lanzada á todo galope de sus doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con cueros que ya no tenían ó nunca habían tenido la forma de un arnés, y tres de ellos, á la izquierda, montados por otros tantos postillones harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente, sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante, con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios á un tiempo.

Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte del país—hoy océano de trigo,—estaban levantadas ya, los rastrojos tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba caprichosamente, más obscuro sobre el fondo amarillento del campo, descendiendo á los bañados en línea casi recta, como un triángulo