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ROMEO

FRAY LORENZO.

Oye, jóven loco y apasionado.

ROMEO.

¿Vais á hablarme otra vez del destierro?

FRAY LORENZO.

Yo te daré tal filosofía que te sirva de escudo y vaya aliviándote.

ROMEO.

¡Destierro! ¡Filosofía! Si no basta para crear otra Julieta, para arrancar un pueblo de su lugar, ó para hacer variar de voluntad á un príncipe, no me sirve de nada, ni la quiero, ni os he de oir.

FRAY LORENZO.

¡Ah, hijo mio! Los locos no oyen.

ROMEO.

¿Y cómo han de oir, si los que están en su seso no tienen ojos?

FRAY LORENZO.

Te daré un buen consejo.

ROMEO.

No podeis hablar de lo que no sentís. Si fuerais jóven, y recien casado con Julieta, y la adoraseis ciegamente como yo, y hubierais dado muerte á Teobaldo, y os desterrasen, os arrancariais los cabellos al hablar, y os arrastrariais por el suelo como yo, midiendo vuestra sepultura.

(Llaman dentro.)
FRAY LORENZO.

Llaman. Levántate y ocúltate, Romeo.