su nuera: "Siento que ha llegado el momento en que comienza la lucha entre la vida y la muerte."
Sin embargo, por la tarde ya había recobrado el enfermo su plena conciencia espiritual y ya mostraba deseos de bromear. "Es usted demasia- do tímido con sus remedios-le dijo a Rebhein-. Me mima usted demasiado. Cuando se tiene un enfermo como yo, hay que tratarlo un poco napo- leónicamente." Luego bebió una taza de una coc- ción de árnica, que ayer, en el momento más pe- ligroso de la crisis, había provocado la afortuna- da mejoría. Goethe hizo una preciosa descripción de esta planta y ponderó extremadamente sus enérgicos efectos. Le dijeron que los médicos no habían querido permitir que el gran duque vi- niese a verle. "Si yo fuera el gran duque-dijo-, no les hubiera preguntado ni me hubiera preocu- pado gran cosa de ustedes."
En un momento en que se sentía mejor y su pecho parecía respirar con menos trabajo, ha- blaba con facilidad y con lúcido espíritu. Rebhein murmuró al oído de uno de los que estaban jun- to a él: "Una mejor respiración acostumbra ir acompañada de una mejor inspiración." Mas Goethe, que lo oyera, replicó alegremente: "Eso lo sé yo hace mucho tiempo; pero no puede apli- carse a usted, mala persona."
Goethe estaba sentado en la cama, frente a la puerta abierta de su despacho, donde estaban congregados, sin que él lo supiese, sus amigos más íntimos. Sus facciones me parecieron poco