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EL CARDENAL CISNEROS

magnificencia entre todos los sucesores del humilde Pescador de la Judea, dirigió á Cisneros un Breve concebido en estos términos:


Al amado hijo Francisco, electo Arzobispo de Toledo.

Alejandro, Papa VI.

Amado hijo, salud, y Apostólica bendición. La Santa y Universal Iglesia (como entendemos que no lo ignorais), á semejanza de la Celestial Jerusalen, es hermoseada con muchos y diversos ornatos (segun la diferencia de los Estados), en los cuales se puede errar, así por demasía y esceso, como en defecto y falta, huyendo mucho de ellos. Agradable es á Dios, y loable la decente observancia, y uso de cada Estado: y asi, cualesquiera personas, principalmente los Prelados de la Iglesia, deben trabajar y procurar que como en la vida, costumbres y manera de proceder, así en el andar, ni parezcan soberbios en el mucho fausto, ni supersticiosos en el demasiado desprecio, como sea verdad que con lo uno y con lo otro la autoridad de la disciplina Eclesiástica se envilezca. Por lo cual os amonestamos, y exhortamos, que pues la Silla Apostólica os ha levantado de estado inferior, á la Dignidad Arzopispal, así como en lo interior de la conciencia para con Dios (de que nos gozamos mucho) trabajeis de haberos en lo exterior y guardar el órden conforme á la decencia de vuestro estado, conviene á saber, su hábito, y familia, y así en todas las demás cosas que conviene al decoro de la Dignidad. Dada en Roma, en San Pedro, al anillo del Pescador, á veinte y cinco dias de Diciembre de mil y cuatrocientos y noventa y cinco, en el año cuarto de nuestro Pontificado.

Obedeció Cisneros á esta intimación, y cuando se presentó á la Corte, igualó, sino sobrepujó, la magnificencia de sus predecesores. Ostentaba en sus vestidos la seda ó las ricas pieles, según la estación; variadas y exquisitas viandas cubrían su mesa; suntuoso, blando y magnífico era su lecho, no escaso el número de sus criados y grande el lujo de sus trenes. Los que sólo veian aquella aparatosa exterioridad, los que ignoraban que Cisneros dispuso las cosas de modo que dando á su alta dignidad todo el honor que merecía, se reservó sólo para sí la mortificación y la austeridad, los que no sabían ó no querían saber que, debajo de la seda ó de las pieles que enseñaba al mundo, iba el tosco sayal de Franciscano, siempre por sus propias manos remendado, que debajo de aquella