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El Cardenal Cisneros

á todo género de murmuraciones y de intrigas, cosa que no extraña á quien conoce el corazon humano, pues los que se suman y siguen á una eminencia por interes, cuando no hartan su codicia, cambian en ódio su hipócrita adhesion y su mentido afecto. Cisneros era, pues, para todos los Franciscanos en general, y para sus familiares en particular, el enemigo más encarnizado de la Orden de San Francisco: habia salido de ella para deshonrarlos, no para enaltecerlos; trataba á sus hermanos como esclavos, no como compañeros, y en lugar de protegerlos, áun siendo distinguidos y sábios, desviaba el ánimo de la Reina cuando pensaba en adelantarlos. En la conversacion, en el confesionario, en el púlpito, en todas partes hablaban los Franciscanos abominaciones de Cisneros, le llamaban hipócrita, no le concedian mérito ni virtud alguna; le consideraban un mónstruo de maldad y de ingratitud, y no se vedaron arma, por innoble y villana que fuese, para deshonrarle y perderle, ya en la Corte de España, ya en la Pontificia, envenenando tal vez el corazon de Bernardino Jimenez, que intentó envilecer primero y asesinar después á su propio hermano. ¡Tanto ciega el mundanal interes áun á los que hacen profesion de virtud, dándose casos como éste en que sacerdotes, más obligados que nadie á practicarla, no reparan en medios para conseguir sus fines, y el confesonario, y el púlpito, y las cosas más santas se utilizan, á la par del crímen, en pro de ruines propósitos y miserables egoismos!

Cisneros oponia á todo este hervidero de malas pasiones su austera conducta y su inalterable firmeza. Un dia en que un predicador franciscano, lleno de santa cólera, tronaba desde el púlpito contra el lujo en el vestir, aludiendo con gran trasparencia á Cisneros, allí presente, que llevaba un soberbio traje adornado con armiños que le habian regalado, éste oyó con paciencia suma todo el sermon, y al acabar la ceremonia religiosa llamó á la sacristía al severo predicador, y allí, alabando su discurso, le enseñó el tosco sayal de su Orden pegado á la carne, que ocultaba debajo de aquelias exterioridades fastuosas impuestas á su dignidad, cuando el fraile, segun algunos, cubria finísimos lienzos con su hábito de Franciscano.

No con menor fortuna salió Cisneros de la asechanza que los Franciscanos le tendieron cerca de la Reina por medio del General de su Orden, que hicieron venir con este objeto desde Roma. Después de muchos conciliábulos, convinieron el General y los enemi-