Página:El Tratado de la Pintura.djvu/319

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de Leon Bautista Alberti — 207

los extremos, entre los cuales hay uno que está en medio, y que entre cada uno de estos extremos y el medio hay otros dos en ambas partes: y porque el uno de estos se aproxima mas al un extremo que al otro, lo colocan de modo que parece dudan en donde ponerle. Al Pintor le basta saber cuáles son los colores, y de qué modo se ha de servir de ellos en la Pintura. No quisiera que me reprendieran algunos sabios, que siguiendo el parecer de varios Filósofos, dicen que en la naturaleza de las cosas solo se encuentran dos colores verdaderos, que son el blanco y el negro, y que todos los demás nacen de la unión de estos. Yo, como Pintor, comprendo por esta proposición que de la mixtion de los colores se originan otros infinitos; pero para los Pintores son cuatro los colores primitivos, asi como son cuatro los elementos, de los cuales nacen otras muchas especies diferentes. Hay el color del fuego, que es el rojo; hay el del aire, que se llama azul; el del agua, que es el verde, y el de la tierra, que es el amarillo. Todos los demás colores se hacen con la mezcla de estos, como sucede al diáspro y al pórfido. Son, pues, cuatro los géneros de colores, de los cuales mediante la mezcla del blanco y del negro se engendrán innumerables especies; pues en las yerbas, que son verdes, vemos que van perdiendo la belleza de su color por grados hasta que se vuelven casi blancas. Lo mismo advertimos en el aire, que tal vez toma el color de algún vapor blanco hacia el horizonte, y luego vuelve poco á poco al suyo primero. En las rosas se puede experimentar lo mismo; pues algunas tienen el color tan encendido, que se aproxima mucho al carmesí; otras tienen el colorido de las mejillas de una doncella, y otras parecen blancas como el marfil. El color de la tierra también tiene sus diferencias mediante la mezcla del blanco y del