Página:El Tratado de la Pintura.djvu/336

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido corregida
228 — Tratado de la Pintura

LIBRO SEGUNDO.


Como es natural que este estudio parezca demasiado fatigoso á los jóvenes, será oportuno manifestar aquí cuan digna es el arte de la Pintura de que empleemos en ella todo el cuidado y diligencia que sea posible. Esta arte tiene en sí una fuerza tan divina, que no solo hace lo que la amistad, la cual nos representa al vivo las personas que están distantes, sino que nos pone delante de los ojos aun aquellos que há mucho tiempo que murieron, causando su vista tanta complacencia al Pintor, como maravilla á quien lo mira. Dice Plutarco que al considerar Casandro, uno de los Capitanes de Alejandro, la estatua de este Héroe, contemplando en ella aquella magestad real que tenia cuando vivo, comenzó á temblar extraordinariamente. Cuentan también que Agesilao, como conocía la fealdad tan grande de su persona, no quiso que quedase ningún retrato suyo para sus descendientes, por lo cual nunca permitió retratarse ni en pintura ni en escultura; lo cual manifiesta que el semblante de los muertos vive largamente con el auxilio de la Pintura. El haber esta arte expresado materialmente los Dioses que veneraba el Paganismo se debe considerar como un sublime don concedido á los mortales; pues la Pintura ha coadyuvado infinito á la piedad, por la cual se unen los hombres á Dios, y á contener los ánimos con el freno de la Religión. Es tradición que Fidias hizo una estatua de Júpiter en Elide, cuya belleza aumentó el culto ya establecido de la Religión. Pero para saber cuánto influye la Pintura en todos los placeres del ánimo, y el ornato y hermosura que da á todas las cosas, no hay sino ver