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ANTÓN P. CHEJOV

desgracia. Ayer salí de paseo, y se me perdió el dije de mi pulsera...

Leo de nuevo el principio de mi disertación, rectifico el rabo de la letra b y quiero continuar; mas la muchacha no me deja.

—Nicolás Andreievitch—añade—, sea usted lo bastante amable para acompañarme hasta mi casa. En la de Karenin hay un perro enorme, y yo no me atrevo a ir sola.

¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y desciendo. Narinka o Varinka me toma del brazo, y ambos nos encaminamos a su morada. Cuando me veo precisado a acompañar a una señora o a una señorita, siéntome como un gancho, del cual pende un gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene un temperamento apasionado—entre paréntesis, su abuelo era un armenio—.Ella sabe a maravilla colgarse del brazo y pegarse a las costillas de su acompañante como una sanguijuela. De esta suerte, proseguimos nuestra marcha. Al pasar por delante de la casa de los Karenin, veo al perro, y me acuerdo del tema de mi disertación. Recordándolo, suspiro.

—¿Por qué suspira usted?—me pregunta Narinka o Varinka. Y ella a su vez suspira.

Aquí debo dar una explicación: Narinka o Varinka—de repente me doy cuenta de que se llama Masdinka—figúrase que yo estoy enamorado de ella, y se le antoja un deber de humanidad compadecerme y curar la herida de mi corazón.

—Escuche-me dice—, yo sé por qué suspira usted. Usted ama, ¿no es verdad? Le prevengo que la joven