Página:El jardín de los cerezos.djvu/89

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Saloncito separado por una arcada de otro salón grande. Óyese una orquesta de algunos violines y un contrabajo, desafinada: es la orquesta judía de la localidad. Hay baile en el salón grande. Vienen los bailarines en círculo. La voz de Simenof Pitschik grita, en francés: «Promenade à dame! Pitschik dirige la danza. Desfilan, por parejas, Pitschik y Carlota, Trofimof y Lubova Andreievna, Ania y un empleado de Correos, Varia y el jefe de estación. Varia tiene los ojos llorosos. En último término pasan Duniascha y otras parejas insignificantes. Pitschik vocea: «Grand rond...!» «Balancez...!» «Les cavaliers, à genoux remercient leurs dames!» Firz, de frac, trae en una bandeja agua de Seltz y vasos. Pitschik y Trofimof penetran solos en el gabinete.


Pitschik.

Bailo con mucho trabajo. Estoy apoplético. A pesar de eso, tengo una salud de caballo. Mi difunto padre, hablando de nuestros predecesores, aseguraba que la familia Simenof Pitschik procedía del caballo que Calígula hizo sentar en el Senado. (Siéntase.) Pero aquí está lo malo. Me falta dinero. Un perro hambriento no piensa sino en su trozo de carne. (Pitschik, de repente, se duerme, lanza un ronquido y se despierta.) Y yo, hambriento a mi modo, no pienso sino en el dinero. ¿Qué hacer? Esto de no tener dinero es una gran desgracia