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LEOPOLDO LUGONES

inconmensurable como aquella magnitud descrita por el rayo luminoso, es prácticamente la eternidad. Aquellos sabios creían también que tiempo y espacio son dos aspectos humanos de la misma substancia; dos modos psicológicos de adaptación al medio cósmico.

La radiometría agrega por su parte un nuevo elemento precioso a la cuestión, calculando el período vital de los cuerpos, que para el uranio se cifra con seis millones de años: otra noción relativa de la eternidad. El programa de la vida cósmica, en la cual es momento fugaz la nuestra, consistiría en el agotamiento de las posibilidades de esa existencia cuyo término no podemos concebir.

La astronomía moderna ofrécenos otra confirmación importante de finitud.

Nadie ignora que el sondeo estelar iniciado por William Herschel, reveló una ley de distribución de las estrellas en cuya virtud la densidad del conjunto de dichos astros aumenta hacia el plano ecuatorial de la Vía Láctea. El estudio de las velocidades radiales y de los movimientos propios de las estrellas, ha permitido a su vez descubrir una doble corriente estelar inversa, determinada primeramente por Kapteyn, y cuyo análisis, efectuado por Eddington y por Schwarzschild, estableció dos focos galácticos, respectivamente situados en Ofiuco y en Orión. Relacionadas todas estas experiencias, el censo estelar empezado por los Herschel, permite calcular al presente el número total de estrellas