Página:En defensa pròpia (1895).djvu/31

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y leña nueva que se echó á la hoguera, llegué á ser tenido por un cura fanático y malo, y por un hereje digno de las llamas de la Inquisición. Si en aquel tol-le, tol-le, crucificadlo, alguna persona de recto juicio y buen corazón quiso defenderme, ¿qué podía contestar? ¿Quería pruebas de mis delitos? El Marqués de Comillas, tan caritativo y tan bueno, había decretado mi destierro. ¿Quería pruebas de que mi cerebro estaba trastornado? Se me tenía á media clausura en el Santuario de La Gleva, donde estuve dos años, sordo y mudo, como si en realidad fuera culpable, reforzando así tan tristes argumentos y meditando las enseñanzas de la Providencia contenidas en los antiguos adagios, que parecen sentencias de la Sagrada Escritura: A gran subida, gran bajada, y Quien más sube, de más alto cae. (De gran pujada, gran baxada, y Qui més alt puja, de més alt cau.)

VI
J. M. J.


Ya en Vich, concedióme el señor Obispo cierta libertad para volar y ponerme en el árbol que fuera de mi gusto. De su palacio volé á la casa de mis padres, en la que no hallé padres ni hermanos, y de allí á la ermita de mi cariñosa madre, la que lo es de todos y jamás morirá, la Virgen María de La Gleva. Difícilmente se hallaría mansión más encantadora y más á propósito, para un poeta sacerdote y vicense, que aquel santuario. Asentado en ballisima colina, cercana al Ter, que, cual plateada hoz, brilla á sus plantas, tiene á su derecha el verdor del Montseny y á su izquierda el Pirineo, cubierto casi todo el año por nivea capa, y enfrente una sierra menos elevada que, uniendo á uno y otro, resulta verde cerca de la plana. Más próximo veía mi pueblo y los campos que en mi adolescencia regué con el sudor de mi frente. Hallaba en la ermita el afecto de dos sacerdotes amigos; una escuela de niños, que constituían la escolania del templo; vencejos y aviones que hacian su nido sobre mi ventana, y ban-