Página:En defensa pròpia (1895).djvu/43

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bióme afectuosamente, pero con cara seria, como á un amigo venido á menos al que se desea alejar para que no vuelva; y, sin dejarme explicar más que á medias, aconsejóme que continuara en La Gleva, donde no estaba tan mal, renovando su promesa de pagar mis deudas dentro de poco. Esforcéme en demostrarle la necesidad que tenía de pasar á Barcelona para agenciar mis libros impresos y para dar á la estampa otros nuevos, y me contestó, con resolución de monarca absoluto al que no es posible replicar, que no me convenia en manera alguna, y especialmente para la salud. Me recordó la debilidad física que, á consecuencia de mis estudios, habíame llevado á sus vapores, veinte años atrás, para hacer vida de capallán marítimo, y dijo claramente (aunque sin convencerme) que aquella enfermedad había retoñado cuatro años atrás en forma de manía, llegando hace dos años al período crítico; y que habiendo mejorado durante mi estancia en La Gleva, allí y sólo allí debía curarme, hasta arrancar completamente la pequeña raíz que todavia existía. Las palabras manía y maniático me las hizo trager y repitió más de una vez, con escasa ó ninguna caridad, dejándome salir de su casa sin ofrecerme siquiera un vaso de agua. Sea todo por amor de Dios; pero, francamente, hombre soy, y no podía dejar de sentir el frío recibimiento que me había dispensado una persona á la cual había dedicado yo la mitad de mi vida, á quien había confesado y administrado la sagrada comunión repetidas veces, y de la que había sido durante diez y ocho años, no tan sólo el capellán, sino el amigo íntimo; pero sentí más ver, en un hombre enfermo de grave dolencia, la poca compesión para quien á su servicio ha empobrecido y puesto canas, y esto no por mí, sino por él.
Al bajar la escalera venían á mi memoria las terribles palabras de Nuestro Señor Jesucristo de que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que salvarse un rico, y me alegraba de ser pobre.
A las siete de la tarde del siguiente dia vine á Barcelona en el tren correo, desconfiando de las promesas de los hombres, pero esperanzado más que nunca en las de aquel que dijo: Bienaventurados los pobres.